Entre las trampas del poder y la debilidad del querer – Irma Leites


(Extracto. Fuente: Revista “Pensamiento Crítico” 
 Publicada por la Coordinadora Guevarista Internacionalista)

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Comentan de la película “El gran pez” que: “La búsqueda del padre es ser un gran pez en un estanque grande, y la búsqueda del hijo es ver a través de sus cuentos fantásticos”. Tal vez estemos asistiendo a la apoteosis de un tiempo donde los cuentos fantásticos se convierten en historias de terror sin horario de protección al menor. Parece inapelable que se imponga como juicio predominante el de la conciliación de clases; desaparece hasta de nuestro lenguaje, por ende de nuestras prácticas. El que se atreve a usarlas es sesentista. Es un marxista que se quedó anclado, petrificado en el tiempo.

Ignoramos quienes somos, vivimos en una nube donde vamos asfixiándonos entre monsergas y quedamos maniatados por ella. Nada para hacer, “el mundo está así, amigos” o aquello más conocido de la antigüedad postulado como consuelo por la iglesia de la dominación: siempre hubo ricos y pobres. Toda esta disquisición me nació ante la cada vez más fantástica capacidad del sistema de reciclar caudillos sindicales para que adoctrinen para la opresión.

Obviamente la justeza de la defensa del aumento salarial, contra los límites que impone el gobierno no tiene discusión. Es justo, necesario y correcto ir a más, ya que en el sector de la bebida el robo de la plusvalía es descomunal. Pero no debemos oír sólo con una oreja, porque estos dirigentes deslizan con inteligencia la apología del trabajo esclavo, dentro del sistema capitalista actual con todas sus leyes. No es nuevo. Pero, hoy quiero referirnos a nuestro espacio.

¿Nosotros? Nosotros deambulamos entre las trampas del poder y la debilidad del querer. Entendemos que es tiempo de autocrítica a los cuatro vientos y que los errores sean reconocidos. Miremos, en principio, la distancia entre nuestros discursos y nuestro hacer. Miremos el abismo entre los sueños y lo que hacemos por ellos. Sabemos que no hay purezas, ni las buscamos, pero hay certezas de las que no nos debemos apartar. La mayoría de las veces los cambios, las revueltas, las insurrecciones empiezan por pequeños NO hasta decir un NO gigantesco, para construir otros paradigmas.

Tenemos el deber histórico de ver por qué hay ya, detrás nuestro, un reguero de derrotados, algunos reconvertidos en patéticos acomodados del gobierno, que han transformado las sedes sindicales en lugares donde se opera para disciplinar y conciliar. Hemos dicho que lo peor que nos sucede, como clase, es el silencio, porque el silencio ampara y sostiene lo peor del sistema, está cubriendo todo lo execrable de lo sucedido y de lo que sucede hoy. Es en el clasismo donde la ideología dominante opera sistemáticamente para desalentar cualquier iniciativa que pueda poner en riesgo su hegemonía, para frenar o retrasar el conflicto social latente de la lucha de clases.

Aprender de lo que nos ha pasado implica, para todas/os un enorme esfuerzo, una enorme autocrítica, para que lo que construimos no se vaya al carajo. Para que no nos vuelvan a atrapar las prácticas de la burocracia y la conciliación. Estar dentro de estos sindicatos hoy, implica caminar con pies de plomos, separar y separar cada vez más, nuestros métodos y nuestro quehacer, nuestras palabras, nuestras cabezas. Nuestra ética, nuestros roles. Separar para UNIR A LA CLASE, porque la otra unión nos fragmenta. Porque el enemigo tiene aceitadas redes, cuyo fin es atraparnos. Ellos nos conocen, saben las debilidades, saben de nuestras necesidades. ¿O acaso no sabemos cómo han cooptado  a valiosos compañeros y compañeras a través de conocer sus dramas sociales y ofrecer soluciones económicas, viajes, atención médica, o sitiales concretos en sillones donde supuestamente esas personas sintieron podían concretar los “cambios”?

Es turbador que no veamos que cuando ellos logran que un compañero se siente en la silla propuesta por el poder, resulta un insulto a la inteligencia, un misil contra la confianza de la gente que confía en nosotros.

Diferenciar y diferenciarnos para construir otra concepción. Los caminos de los pactos son muchos. Las trampas de los poderosos diversas, ellos nos presionan y tenemos arraigados valores que nos tiran hacia abajo y si no nos liberamos de ello nos cooptan. El pacto de clase es el camino de los de arriba y entrar en ellos es una manera de suicidarnos. Hay que saber que no es tolerándonos los errores o aberraciones que salimos de este pozo, sino siendo más que estrictos y comprometidos en superarnos.

Es hora que nadie de nosotros se sienta con la soberbia de resolver solo que hacer ante el enemigo. Quiero pensar y repensar cada paso. Siempre debemos aquilatar nuestros protagonismos, porque el paso hacia los palacios está plagado de espejitos. Hay que dinamitar ese camino. Y no lo haremos si no nos comprometemos más, si no asumimos los errores para de verdad cambiar, porque no somos una foto, somos un proceso.

Abrazarnos a una estrategia que visualice a tiempo los reiterados errores y decir: se terminó la conciliación en nuestras filas con todos los vestigios de la mentalidad dominante. Las reglas del juego deben cambiar. Una mirada fraternalmente crítica que nos haga fuertes, que nos conviertan en irreductibles trincheras clasistas, de la cual expulsemos todos los valores que nos llevan a lamentables sucesos. No podemos rechazar metodologías y caer en ellas. De espalda a los trabajadores nada. De frente evaluamos todo. Y cuando consultamos no es una formalidad, es para oír y pensar los pasos juntos y cuando estos involucran la lucha en conjunto, aún más honda debe ser nuestra reflexión.

No construimos verdadera alternativa clasista, si no nos diferenciamos, si criticamos y actuamos igual. Lo peor que le sucede a la lucha es cuando el trabajador saca esa conclusión desesperanzada y llena de resignación: todos son iguales. Todos se venden. Todos mienten. Nadie es confiable. Todos tienen su precio. Esa es la peor lápida, la pasadísima losa que nos ponemos en el camino y que los enemigos festejan. La construcción de la confianza en que hay otra manera de ver y hacer el mundo, se ve empañada por la sospecha. Absolutamente triste.

Es posible corregir. Es posible mantener los ojos muy abiertos y que nadie se coma los colectivos para actuar, que ninguno de nosotros/as deje de darse el tiempo para la reflexión. Empecemos a sentir, vivir y actuar como mujeres y hombres distintos, fuera de la lógica vertiginosa del poder de este estado que está hasta debajo de nuestras sábanas tratando de hallar la manera de atraparnos.

Los aciertos de los compañeros nos regocijan y los sentimos como logros colectivos, en esta dura lucha por la independencia de clase así como los errores duelen y también nos involucran. No queremos camarillas, ni acomodos, ni privilegios en nuestra casa. Es casi épico mantenerla lucha crítica y comprometida en medio de la imposición del pensamiento único. Nuestro orgullo clasista existe, fuertemente arraigado a la memoria de una lucha de siglos que no claudica, que tiene tras de sí queridos compañeros, compañeras que han abierto el sendero, pero la maleza vuelve a crecer y lo borra por un tiempo; hasta que otras trabajadoras/es lo vuelven a reconocer humildemente y abren otra vez el camino. Se puede con honestidad ir al fondo de nuestras miserias y cambiar y volver a la lucha mucho más coherentes.

 

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