El piropo callejero: abuso y vulnerabilidad de la mujer

EL PIROPO CALLEJERO: ABUSO Y VULNERABILIDAD DE LA MUJER

 Por: Camila Álamos Mubarak, militante de Juventud Guevarista – Chile

 Con el paso de los años – y pese a ser un aspecto aún insatisfactorio – las mujeres se han alejado cada vez más del prototipo de la “jefa de hogar” que no se movía de la casa más que para cumplir con las tareas inherentes a su mal llamado “rol histórico”. Muy por el contrario, la mujer ha avanzado respecto a su desempeño como un ser humano integral, y ha salido del hogar para estudiar, trabajar y recrearse. Es por ello que muchísimas de nosotras, ya sea por dirigirnos a nuestras casas de estudio, trabajo o a diversos lugares de encuentro social, cultural y de esparcimiento, debemos cerrar las puertas de la casa y transitar por las calles de nuestras ciudades, por las calles de un país que hasta en lo más básico, está al debe con el respeto hacia la mujer.

Desde hace ya algún tiempo, las mujeres hemos ido sacando la voz para expresar el malestar que los llamados “piropos” nos generan día a día al caminar en las calles. De hecho, las redes sociales como Facebook y Twitter han servido para la difusión de consignas como “no quiero tu piropo, quiero tu respeto” y otras similares, que también es posible hallar en los rayados de los muros callejeros, generalmente a modo de esténcil. Así mismo, a través de páginas como Youtube, se han difundido variados videos que recrean la incomodidad que esta situación genera a las mujeres. En estos, se ha  llegado incluso a poner al hombre en el papel de la mujer, con el objetivo de generar verdadera empatía y lograr un cambio de actitud en aquellos que, sin pensar en cómo una mujer puede sentirse al ser considerada un trozo de carne, observan, hablan e incluso –en los peores casos- tocan a las transeúntes.

Se podría pensar que debido a la temática que abordo, este texto pudiese estar dirigido a un público lector femenino, lo cual en cierto sentido, es verdad. Sin embargo, y sin el afán de excluir a mis compañeras, espero que sean muchos más los varones que se encuentren con estas palabras, puesto que el mensaje y la protesta apunta hacia ellos (por supuesto, reconozco que no es un comportamiento generalizado en el total de los hombres, por lo que agradezco profundamente a aquellos que nos ven como lo que somos: personas, mujeres).

No quisiera ponerme grosera, pero desgraciadamente, para que un mensaje sea captado en profundidad, es preciso explicitar. Les cuento, que cuando una niña o mujer camina por la calle, se expone a oír una inagotable lista de frases altamente vulgares, ofensivas y denigrantes, que van desde supuestos “halagos” como el “preciosa”, exquisita”, “mamita”, “super linda”, “super rica”, “guapa” (generalmente acompañados de un tono de voz francamente asqueroso) hasta degeneraciones preocupantes como “te metería el pico en ese culo”, “te daría como caja”, “por qué anda tan solita, yo la acompaño”, etc. En todos los casos, el tono de voz y la forma agresiva y pervertida de observar el cuerpo femenino, evidencia cómo el tipo que “piropea” cosifica a la mujer, instalándola en la categoría de un mero objeto sexual. Muchas veces, cabe mencionar, el sujeto en cuestión se aproxima demasiado a nuestros cuerpos, generando un abusivo roce para susurrar todas estas asquerosidades al oído.

El asunto es grave, no tan sólo por la naturalidad con que estos hechos se dan y se aceptan en nuestra sociedad, sino porque expone a las mujeres a situaciones sumamente incómodas que la ponen en un estado permanente de vulnerabilidad. Necesitamos que nuestros niños sean educados desde siempre comprendiendo que hombres y mujeres merecemos el mismo respeto, porque a pesar de las diferencias inherentes a nuestros respectivos géneros, somos seres humanos dignos, y no objetos puestos en la calle para el deleite del otro. Nuestros cuerpos femeninos no son lo que nos define o nos hace ser mujeres, ni son artefactos de goce para nadie. Merecemos, como cualquier persona, poder transitar tranquilamente por donde queramos, sin que miradas ni declaraciones peyorativas perturben nuestro caminar.

No queremos ni nos sirven los clichés que hablan de valorar a la mujer por su belleza o atributos físicos, ni por ser buena cocinera o buena madre. Lo que nuestra sociedad requiere es un cambio radical en la manera de percibir y tratar a las mujeres, derribando las ideas del patriarcado que nos ponen por debajo del hombre, porque no pretendemos sobreponernos a nadie, sino sencillamente, ser tratadas igualmente, ya sea en aspectos tan profundos como la independencia, lo intelectual y lo laboral, como en aquellas trancas cotidianas que nos vulneran al caminar por las calles.

No somos una cosa, no somos un adorno, no somos objetos de deseo ni templos de goce puestos al servicio de nadie, somos mujeres y exigimos ser consideradas y respetadas como tales. Por cierto, no sirve que nos miren de pies a cabeza, piensen todo lo que les gustaría hacernos y se queden callados por “respeto”, pues eso habla simplemente de represión. Lo que sirve, lo que necesitamos y exigimos, es que se comprenda e interiorice el hecho de que no somos pedacitos de carne caminando para que los demás nos observen y nos digan las asquerosidades que se les ocurran. No exigimos ni más ni menos respeto por el hecho de ser mujeres, simplemente, exigimos el respeto y la consideración que merece cualquier ser humano, porque eso es lo que somos las mujeres: seres humanos, y no una serie de objetos decorativos puestos en la calle para que algunos se sientan más viriles acosándonos.

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