Gabriel García Márquez y su opción para América Latina: el socialismo

 

 “Por fortuna, la reserva determinante de la América

Latina y el Caribe es una energía capaz de mover

el mundo: la peligrosa memoria de nuestros pueblos”

Gabriel García Márquez

  Por: Camila Álamos, militante de Juventud Guevarista – Chile

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Suele hacerse la crítica superflua de que la gente valora más a los destacados personajes de la historia una vez que estos han muerto, cosa que en la mayoría de los casos, no deja de ser cierta. Este fenómeno, de hecho, explica que al morir un reconocido cantante o escritor, las ventas de su obra, se disparen. No debiese, por tanto, resultarnos extraño ver a gente leyendo a García Márquez en la locomoción colectiva, ni ver su obra muy reducida en los estantes de las librerías, a causa de las crecientes ventas. Ahora, más que ser una conducta criticable, me parece lógica, pues los grandes pensadores, aquellos imprescindibles y brillantes trabajadores del intelecto, al morir físicamente, logran trascender, alcanzando la única posibilidad de vida eterna que realmente tiene sentido: la de las ideas y convicciones.

Y es que sus obras, por mucho de haber sido publicadas hace bastantes años, se mantienen vigentes, pues el mensaje que se transmite, cobra sentido aún en nuestros días. Ocurre con Marx, ocurre con Lenin, con pensadores latinoamericanos como Mariátegui y Martí, con luchadores ejemplares como Miguel Enríquez y el Che. Ocurre, por cierto, con Gabriel García Márquez, que a pesar de su muerte, sigue firme en la tierra gracias a su magnífica obra y certero mensaje a los pueblos de América Latina. ¿Qué intento en estas líneas?, recuperar algunas de las ideas y reflexiones que el autor colombiano pensó en torno a los pueblos de Latinoamérica y el Caribe. Hacer un rescate memorial de aquello que no es novela ni cuento, sino nuestra realidad.

Uno de los tópicos más recurrentes en los discursos del Gabo, es sin duda, el de la identidad latinoamericana, el de la caracterización de nuestros pueblos y el rescate de nuestra memoria y atributos, pensados al servicio de la lucha por el socialismo. En este sentido, al igual que José Martí, el destacado escritor y periodista colombiano, siempre declaró críticamente que nuestros pueblos debían constituirse política y culturalmente desde la originalidad propia de sus raíces. Esto, no es más que una negación rotunda a la imitación de los modelos europeos, que tanto daño han hecho a los países de nuestro mundo, el denominado “tercero”. La comprensión de que estos modelos entraron a sangre y fuego por la imposición de los propios colonos de Europa, es absoluta, pero el énfasis de García Márquez está puesto certeramente en la lucha que como latinoamericanos debemos continuar dando para romper esa gruesa soga y ser por fin, libres e independientes.

En su discurso “La soledad de América Latina”(Estocolmo, 1982), el colombiano esclarece su opinión en una sencilla frase: “La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios”. No podemos, como revolucionarios aspirantes al socialismo, estar en desacuerdo con tal aseveración, pues nuestro horizonte es precisamente el de la libertad de nuestros pueblos, bajo la interpretación que nuestra propia identidad considere pertinente, y no acorde a las imposiciones de nuestros violentos colonizadores, ni al servicio de los grandes grupos económicos que hoy siguen esclavizando a nuestra gente.

Así, García Márquez se nos presenta no tan sólo como un intelectual de la ficción literaria -que por cierto, bastante tiene de base real- sino que se constituye a la vez, como un pensador político de Nuestra América. En incontables discursos, entrevistas y conferencias, se dedica a repasar la historia de los atropellos por parte de los ricos y poderosos a nuestra gente, haciendo referencia a la larga cadena de explotación y violencia de la que América Latina ha sido víctima. Pero más allá de exponer los hechos más terribles a modo de queja, García Márquez los convierte en lecciones, reflexionando críticamente e incentivando la lucha por el impedimento de la repetición, por la verdadera abolición de la esclavitud en Latinoamérica y el Caribe.

Ante tal panorama gris del pasado y presente latinoamericano, el Gabo se mostró siempre crítico, pero optimista, llegando a declarar en una entrevista para la revista “Libre”, lo siguiente: “Yo sigo creyendo que el socialismo es una posibilidad real, que es la buena solución para América Latina y que hay que tener una militancia más activa”. El mensaje no puede ser más claro, y los receptores de este tenemos que ser precisamente los convencidos, quienes a su vez, debemos trabajar arduamente porque la consciencia de clase de nuestros pueblos se forje y fortalezca cada día más, y así, ir convenciendo a nuestra gente de que la respuesta y solución, no es otra que el socialismo. Por ello, el deber de quienes militamos en la izquierda revolucionaria, es el de seguir luchando día a día por la disputa de los espacios que nos permitan instalar y dar a conocer nuestro discurso ideológico y llevar a cabo nuestras tácticas políticas de intervención, para sumar y avanzar por la senda socialista, que es nuestra única y legítima opción.

García Márquez lo planteó, y nosotros, estamos seguros de que las meras reformas no nos llevarán al cambio radical y efectivo que América Latina requiere. Los siglos de atropello, de muertes, explotación y pobreza, no acabarán nunca si no somos lo suficientemente inteligentes para hacer crecer la militancia y el compromiso entre los convencidos, y este avance sería inútil, si en el camino no vamos convenciendo al resto de nuestros hermanos explotados. La tarea es clara, y el Gabo siempre lo supo así, reconociendo en su oficio de intelectual el deber de difundir sus opiniones e ideas políticas, de plasmarlas en servicio y disposición de las discusiones y las luchas de nuestros pueblos. Ahora, una vez rescatado el mensaje y la importancia de este, quisiera hacer hincapié en dos de las necesidades más imperantes para todo revolucionario: la esperanza y el optimismo. Elijo, por tanto, dejar que García Márquez tome la palabra, y concluya estas reflexiones por mí

Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la Tierra (La soledad de América Latina, 1982).

 

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